Ahora que me acuerdo,
fue así:
Hecho de fiebre,
atravesé ciudades hermafroditas
Donde las mujeres y
los hombres restauraban
Con paciencia los cuerpos vagabundos,
Y los saneaban en las
fuentes,
con un manto de fuego, el que no cesa.
Una noche de
invierno, bebiendo la sopa de la eternidad,
gané mi virginidad y fui otro yo en mí mismo,
Porque olvidé cómo
responder sobre el misterio de las cosas.
De silencio me armé y
salí hacia campo abierto
a traficar imágenes junto a las
constelaciones.
Fue entonces cuando indagué
la pulpa del mestizaje,
Cuando probé la sangre
metafísica derramada en Tebas
-es que esa mañana soborné a la esfinge
Cerca de una Wasserfall
contaminada.-
Pies desarmados,
peregriné la jornada intuitiva,
Saludé a las moléculas
del fruto y a las sombras de la adivinación,
En un árbol vi la
doble cifra de mi vida,
Y grité, siendo
montaña, la genealogía de mi conciencia.
Cuando la purificación
se había ya extinguido
Troqué el umbral de hueso
por el marfil brillante
Y así fue que entré en
Coroico, urbe flotante,
Cual símbolo, por material
de sueño ungido.
Ahora miro con estos
ojos destruidos
Donde la sal del
delirio antes tuvo morada
Y ya no puedo urdir -no queda nada-
El camino que me
arrastró al divino Omphalos;
Escucho, a veces, con
mineral resignación,
La crónica de mi
negligencia.
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