Desde el fondo
de un basural electrónico y hacia el cielo cortejado por falos de treinta y un
pisos, el idiota levanta la cabeza y alcanza a recibir, en high definition sobre su retina peposa, la imagen provisoria de una
farsa de ozono. Jugando entre ascensores con rejas y espejos táctiles, las
mujeres histéricas se acomodan las gigantomamas para cumplir con la enseñanza
del cristianismo – en passant, los
estudiantes del hambre planificado despliegan jazmines de leche sobre sus camas
revueltas.
En la plaza,
los vendedores de pescado se secan la frente con monedas de cincuenta centavos,
y los fisuras, fumando pasta base en
pipas que son cráneos de antiguos amigos, se acercan a un bebé olvidado por su
madre a la vera de los molinetes del subte. Para disimular el calor, los
empresarios de pompas fúnebres meten sus patas en las fuentes públicas;
mientras tanto, en el microcentro, los jueces de casación son masturbados en
los pasillos de Tribunales por liebres peronistas entrenadas en los antiguos
leprosarios de la Isla Martín
García. Días de sed o de hartura, los recolectores de basura dejan sus guantes
en casa, y nuestros abuelos, por confundir un vaso de agua con el control del
aire acondicionado, caen en una deshidratación definitiva. Las ancianas miopes
–creyendo pagar así el último viático- apoyan la tarjeta SUBE sobre el pecho descubierto de los colectiveros. Las
adolescentes, mientras ocupan los asientos que por código municipal
corresponden a los discapacitados, se levantan las medias y consiguen más allá
de la ventana seducir a los taxistas nazis, quienes con tremenda erección
conservadora agujerean el techo de sus autos alquilados. Ya los niños precoces trabajan
graffitis eróticos sobre el portón de la iglesia de Guadalupe; Caronte maneja
un acoplado ebrio que pica en zig zag hasta La
Boca. Los diarios repiten la digital enfermedad
del Occidente –siempre adelante, el progreso dios de todo, vestirse, trabajar-,
y las estrellas de cine se suicidan en falso con un cóctel de psicofármacos
vencidos para ver desde sus tablets cómo son enterradas por sus fanáticos en el
camposanto de Twitter. Desde el lecho del Río de la Plata el soplo del Bóreas
nos reembolsa otro cadáver político y en las terrazas flotantes los pibes rolan,
y así aplican f5 sobre su semana, las spleenéticas flores del anti-domingo. Traficantes
de ayahuasca fraguan y postergan la revolución sudamericana en un bar de la Avenida Independencia.
Mochileros hijos del alba parten otra vez hacia el cactus buscando reformular
las tradiciones. Los licenciados en sociología escupen flema intelectual dentro
de la taza del café con leche, y más tarde apagan su cigarro a medio fumar sobre
el ombligo de sus esposas, para probar con toda la dignidad que les falta, el
triunfo hiperbólico del feminismo. Los místicos –que suelen viajar en
colectivo- ocultos tras barbas que acusan más de mil doscientos años, gritan en
los jardines concéntricos del Borda mientras una suciedad psiquiátrica les gana
las encías: “¡El Yo es la ignorancia de lo que realmente somos!” y luego son arruinados
a palazo limpio por oficiales de la policía metropolitana. La Belleza , graciosa hija de
Pan, cabalga la noche montada al tren Roca y más tarde sale de gira por todo el
conurbano, aplacando la sed verdadera con litros y litros de cerveza barata.
El amanecer contaminado
nos aclara el plan económico de la Nueva Conquista del Desierto. “Es evidente que la vida está mal hecha y que
al Arquitecto alguien le robó la escuadra” piensan los humanistas –pero sin
embargo… qué hermoso es todo el saqueo! ¡Y las oenegés - y la filantropía!
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