Friday, May 22, 2015

Descanso


Desde el fondo de un basural electrónico y hacia el cielo cortejado por falos de treinta y un pisos, el idiota levanta la cabeza y alcanza a recibir, en high definition sobre su retina peposa, la imagen provisoria de una farsa de ozono. Jugando entre ascensores con rejas y espejos táctiles, las mujeres histéricas se acomodan las gigantomamas para cumplir con la enseñanza del cristianismo – en passant, los estudiantes del hambre planificado despliegan jazmines de leche sobre sus camas revueltas.

En la plaza, los vendedores de pescado se secan la frente con monedas de cincuenta centavos, y los fisuras, fumando pasta base en pipas que son cráneos de antiguos amigos, se acercan a un bebé olvidado por su madre a la vera de los molinetes del subte. Para disimular el calor, los empresarios de pompas fúnebres meten sus patas en las fuentes públicas; mientras tanto, en el microcentro, los jueces de casación son masturbados en los pasillos de Tribunales por liebres peronistas entrenadas en los antiguos leprosarios de la Isla Martín García. Días de sed o de hartura, los recolectores de basura dejan sus guantes en casa, y nuestros abuelos, por confundir un vaso de agua con el control del aire acondicionado, caen en una deshidratación definitiva. Las ancianas miopes –creyendo pagar así el último viático- apoyan la tarjeta SUBE sobre el  pecho descubierto de los colectiveros. Las adolescentes, mientras ocupan los asientos que por código municipal corresponden a los discapacitados, se levantan las medias y consiguen más allá de la ventana seducir a los taxistas nazis, quienes con tremenda erección conservadora agujerean el techo de sus autos alquilados. Ya los niños precoces trabajan graffitis eróticos sobre el portón de la iglesia de Guadalupe; Caronte maneja un acoplado ebrio que pica en zig zag hasta La Boca. Los diarios repiten la digital enfermedad del Occidente –siempre adelante, el progreso dios de todo, vestirse, trabajar-, y las estrellas de cine se suicidan en falso con un cóctel de psicofármacos vencidos para ver desde sus tablets cómo son enterradas por sus fanáticos en el camposanto de Twitter. Desde el lecho del Río de la Plata el soplo del Bóreas nos reembolsa otro cadáver político y en las terrazas flotantes los pibes rolan, y así aplican f5 sobre su semana, las spleenéticas flores del anti-domingo. Traficantes de ayahuasca fraguan y postergan la revolución sudamericana en un bar de la Avenida Independencia. Mochileros hijos del alba parten otra vez hacia el cactus buscando reformular las tradiciones. Los licenciados en sociología escupen flema intelectual dentro de la taza del café con leche, y más tarde apagan su cigarro a medio fumar sobre el ombligo de sus esposas, para probar con toda la dignidad que les falta, el triunfo hiperbólico del feminismo. Los místicos –que suelen viajar en colectivo- ocultos tras barbas que acusan más de mil doscientos años, gritan en los jardines concéntricos del Borda mientras una suciedad psiquiátrica les gana las encías: “¡El Yo es la ignorancia de lo que realmente somos!” y luego son arruinados a palazo limpio por oficiales de la policía metropolitana. La Belleza, graciosa hija de Pan, cabalga la noche montada al tren Roca y más tarde sale de gira por todo el conurbano, aplacando la sed verdadera con litros y litros de cerveza barata.


El amanecer contaminado nos aclara el plan económico de la Nueva Conquista del Desierto.      “Es evidente que la vida está mal hecha y que al Arquitecto alguien le robó la escuadra” piensan los humanistas –pero sin embargo… qué hermoso es todo el saqueo! ¡Y las oenegés - y la filantropía!  

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